11.1.26


La maestra que fue destino


Todos tenemos un maestro que ha influido en nuestro camino:

El que no nos regañó cuando debía y nos obligó a abrir los ojos; aquél que nos llamó la atención en el momento justo; el que esperó pacientemente a que entendiéramos algo; el que fue injusto alguna vez; el que, con sus explicaciones, dio alas a nuestra imaginación y nos hizo abandonar mentalmente el salón de clases.


Tener un maestro que, además de su influencia, nos haya heredado sus genes es extraordinario.


Mi maestra de segundo año de primaria era sumamente estricta. De esas maestras “pegonas”. Me jalaba las orejas frente al pizarrón porque no sabía dividir; me regañó injustamente en dos o tres ocasiones, porque unas tramposillas se pasaron de listas y a mí me tocó perder.


Muchos años después, su hijo y yo formamos una familia en la que ella fue ejemplo para todos.


La profesora Ana María Guevara (finada) impartió siempre segundo año de primaria en la prestigiosa Escuela Heriberto Aja, durante cuarenta años consecutivos. En el cincuentenario de la fundación de la escuela, le rindieron un homenaje: colocaron una placa conmemorativa en su salón con su nombre. Toda su familia estuvimos presentes, porque además  sus hijos y nietos fueron sus alumnos.


Dos de sus nietos son maestros.


Además de haber sido mi maestra, fue mi amada suegra .También fue maestra de mis hijos.


Orgullo de nuestra familia, fue ejemplo constante.

Con ella aprendimos respeto por la figura del maestro, no desde la idealización, sino desde la huella profunda que deja quien enseña con carácter, con exigencia y con presencia.


Hoy sé que aquella mujer que me jaló las orejas frente al pizarrón no solo me enseñó a dividir: me enseñó a mirar la autoridad con otros ojos. Su legado vive en nuestra familia, en los alumnos que formó y en la certeza de que algunos encuentros de la infancia no son casuales, sino destino.