(su nombre verdadero)
Una lección de vida
Cuando todas la niñas empiezan la pubertad, el aspecto físico es lo más que les mortifica.
A Angélica le diagnosticaron cáncer en la rodilla cuando estaba en sexto año.
La quimioterapia le manchó la cara, la hizo usar feas pelucas y la hizo ganar muchos kilos, pero esto a ella no le interesaba, sólo le preocupaba no poder entregar sus trabajos a tiempo porque faltaba mucho a la escuela.
Le preocupaba no obtener su certificado de primaria porque sus calificaciones eran bajas.
Sus compañeros y maestros nos turnábamos para quedarnos con ella en los recesos, le comprábamos sodas y papitas que le llevábamos para que ella no tuviera que bajar del segundo piso donde estaba el salón, pues su rodilla estaba muy inflamada y le costaba mucho trabajo caminar.
En las vacaciones de Semana Santa, le amputaron la pierna derecha, una cuarta debajo de la ingle; La dirección de la escuela cambio su grupo a la planta baja, para que no tuviera problemas con el uso de sus muletas; la noticia fue devastadora para toda la comunidad escolar.
Regresó muy deprimida, se tronaba todo el día los dedos y no hablaba con nadie, así estuvo muchos días, pero sus fieles compañeros se propusieron sacarla adelante y los payasitos del grupo hicieron una ardua labor por hacerla reír; poco a poco recobró el ánimo.
Durante la ceremonia de graduación de sexto año, que se celebró en el Auditorio Cívico del Estado, cuando el maestro de ceremonias anunció su nombre, todo el auditorio se puso de pie y guardó silencio.
Angélica se paró con mucha dificultad, acomodó sus muletas y avanzó trabajosa y lentamente, hasta el pie de los tres escalones que llevan al estrado; su mamá la esperaba para acompañarla, pero ella con un enérgico ademán le dijo que subiría por su certificado ella sola.
Puso su pie izquierdo en el primer escalón, luego la muleta en el segundo, se impulsó penosamente, de nuevo el pie, luego la muleta… mientras esto sucedía, todos, absolutamente todos los presentes: alumnos, padres de familia, maestros, autoridades, fotógrafos, invitados, con una enorme emoción y con abundantes lágrimas que corrían sin hacer nada por detenerlas, la observamos recoger su certificado por el que tanto había luchado, entonces aplaudimos con fuerza, durante muchos minutos mientras ella sonreía muy feliz.
Regresó a primero de secundaria con una horrible prótesis color carne. Al principio no podía manejarla porque era muy pesada, dura y le quedaba grande. Yo le apartaba siempre la primera computadora de la fila para que no batallara. Siempre tuvo un compañero a su lado, que le cargaba la mochila. En una ocasión me dijo que iba a estudiar medicina y se iba a especializar en ortopedia y que iba a inventar una prótesis que no diera tantos problemas a los pacientes. –Claro que sí Angélica, -le dije -y a mi no me cobres la consulta eh?, nos reímos muy animadas.
Durante todo primero de secundaria aprendió a usar su pierna postiza. Siguió yendo a Tucson Arizona a largas sesiones de terapia y quimio. Creció, y pasó de la pubertad a la adolescencia; empezó a maquillar su carita morena y manchada y a veces nos llegaba con pelucas estrafalarias que eran motivo de chuscas todo el día.
Cuando duraba mucho tiempo fuera, mandaba sus tareas y cuando regresaba, se quedaba en los recesos pasando los apuntes que le faltaban, nosotros, sus maestros, le decíamos que no era necesario hacerlo, pero ella insistía y nos decía que no quería favoritismos. En una ocasión mandó la maqueta del Sistema Solar, la directora la mostró como ejemplo a los incumplidos, no era la mejor, les dijo, pero la había hecho desde la cama de un hospital.
Para celebrar el término de clases nos invitó a un paseo a su casa en Ures Sonora, hubo carne asada y todos nos metimos a la alberca, ella también; se quitó la prótesis y chapoteo mucho rato en el agua.
Me cuesta mucho trabajo escribir esta historia, me duele escribir y continuar. Angélica cambió para siempre la vida de todos los que la conocimos, pero muy particularmente la de 43 alumnos que compartieron con ella tres años de secundaria. Valores como la amistad, bondad, responsabilidad, respeto, solidaridad, se hicieron firmes en ellos y les dieron las bases para lo que hoy son: unos adorables jóvenes preparatorianos que serán ejemplos a seguir, eso lo sé porque les doy clases a diario.
En segundo año de secundaria empezó a inflamarse y causarle mucho dolor el brazo izquierdo. El cáncer implacable, nefasto y demoledor invadió definitivamente su cuerpo. Le cortaron el hueso desde el hombro al codo y le pusieron una prótesis. Así cursó Angélica segundo y tercero de secundaria. Quimioterapia, estudios, descanso, más quimio. Así celebró también sus quince años, su largo y vaporoso vestido rosa cubrió las imperfecciones de su cuerpo; una luminosa sonrisa, adorna su cara en todas las fotos. A mi me dedicó una. Recibió el premio al “Esfuerzo y valor” que le otorgó el gobierno Municipal y un cheque. Recibió su amado certificado de secundaria. Esta vez, aplaudimos a rabiar cuando la nombraron, y seguimos aplaudiendo mucho tiempo después de que ya se había sentado. El mensaje de despedida de sus generación tenía muchos renglones dedicados a ella.
Cuando comenzó el primer semestre de preparatoria, en agosto de 2005, causó gran expectación que Angélica no estuviera en su grupo. Pasó una semana y empezaron sus compañeros a hacer llamadas urgentes de teléfono. Su mamá les dijo que no regresaría, estaba muy débil y el pronóstico de su estado de salud era reservado. Murió el día 31 de diciembre. Terminó su joven vida al término del año.
Desde este espacio, Angélica, y al bello lugar donde se encuentre, le rendimos un póstumo tributo y en nombre de todos tus compañeros y maestros le damos las gracias por habernos dado una lección de vida.
Durante todo primero de secundaria aprendió a usar su pierna postiza. Siguió yendo a Tucson Arizona a largas sesiones de terapia y quimio. Creció, y pasó de la pubertad a la adolescencia; empezó a maquillar su carita morena y manchada y a veces nos llegaba con pelucas estrafalarias que eran motivo de chuscas todo el día.
Cuando duraba mucho tiempo fuera, mandaba sus tareas y cuando regresaba, se quedaba en los recesos pasando los apuntes que le faltaban, nosotros, sus maestros, le decíamos que no era necesario hacerlo, pero ella insistía y nos decía que no quería favoritismos. En una ocasión mandó la maqueta del Sistema Solar, la directora la mostró como ejemplo a los incumplidos, no era la mejor, les dijo, pero la había hecho desde la cama de un hospital.
Para celebrar el término de clases nos invitó a un paseo a su casa en Ures Sonora, hubo carne asada y todos nos metimos a la alberca, ella también; se quitó la prótesis y chapoteo mucho rato en el agua.
Me cuesta mucho trabajo escribir esta historia, me duele escribir y continuar. Angélica cambió para siempre la vida de todos los que la conocimos, pero muy particularmente la de 43 alumnos que compartieron con ella tres años de secundaria. Valores como la amistad, bondad, responsabilidad, respeto, solidaridad, se hicieron firmes en ellos y les dieron las bases para lo que hoy son: unos adorables jóvenes preparatorianos que serán ejemplos a seguir, eso lo sé porque les doy clases a diario.
En segundo año de secundaria empezó a inflamarse y causarle mucho dolor el brazo izquierdo. El cáncer implacable, nefasto y demoledor invadió definitivamente su cuerpo. Le cortaron el hueso desde el hombro al codo y le pusieron una prótesis. Así cursó Angélica segundo y tercero de secundaria. Quimioterapia, estudios, descanso, más quimio. Así celebró también sus quince años, su largo y vaporoso vestido rosa cubrió las imperfecciones de su cuerpo; una luminosa sonrisa, adorna su cara en todas las fotos. A mi me dedicó una. Recibió el premio al “Esfuerzo y valor” que le otorgó el gobierno Municipal y un cheque. Recibió su amado certificado de secundaria. Esta vez, aplaudimos a rabiar cuando la nombraron, y seguimos aplaudiendo mucho tiempo después de que ya se había sentado. El mensaje de despedida de sus generación tenía muchos renglones dedicados a ella.
Cuando comenzó el primer semestre de preparatoria, en agosto de 2005, causó gran expectación que Angélica no estuviera en su grupo. Pasó una semana y empezaron sus compañeros a hacer llamadas urgentes de teléfono. Su mamá les dijo que no regresaría, estaba muy débil y el pronóstico de su estado de salud era reservado. Murió el día 31 de diciembre. Terminó su joven vida al término del año.
Desde este espacio, Angélica, y al bello lugar donde se encuentre, le rendimos un póstumo tributo y en nombre de todos tus compañeros y maestros le damos las gracias por habernos dado una lección de vida.
