La mujer de su cuadro
Parte I
Pintaba con rabia, con el puño apretado. Las venas de la mano se saltaban y ensanchaban la piel, su nudosa garganta se tensaba, así pintaba y pintaba,
Pintaba con rabia, con el puño apretado. Las venas de la mano se saltaban y ensanchaban la piel, su nudosa garganta se tensaba, así pintaba y pintaba,
Mientras pintaba más moría de rabia y era tanta la rabia que no podía dejar de pintar.
El cuadro lo esperaba cada tarde, al llegar del trabajo lo miraba, pensaba: ahorita que descanse iré contigo, pero no descansaba, pintaba y pensaba: “necesito terminar este cuadro”, pero terminarlo lo asustaba.
Juan Carlos era un pintor aficionado, sin técnica, sin habilidades manuales, torpe. Había estudiado un cursillo sin otro motivo que pasar el largo verano ocupado en algo, lo único sobresaliente de su estancia en el curso era su maletín lleno de pinturas y del que se aprovechaban sus compañeros.
Había empezado dibujado una casita al pie de una montaña, le había agregado un prado, unas nubes y una puerta enorme.
A punto de terminarlo y dar el ultimo pincelazo con su firma, decidió que le faltaba vegetación
Empezó con algo muy colorido, pero pronto ésta se hizo espesa, deforme y oscura; le gusto el resultado.
Siguió pintando vegetación hasta que casi no se veía la casa; entonces cambió el tamaño de la casa, agrandando sus paredes, cambio las dimensiones hasta que sobresalió de la espesa vegetación.
Luego no le gustó el cielo claro y radiante y se dijo que era mejor un pardo atardecer, así que pinto uno con nubarrones obscuros.
Cuando miraba su cuadro, la casa empezó a llamarle la atención; sus paredes “las veía” a trasluz. Se imaginó una mujer caminando descalza por un pasillo, pero esta visión fugaz de su imaginación la desecho de inmediato.
Siguió dando color a las paredes.
Un día muy cansado de tanto color ocre y verde, puso el cuadro de frente, en el piso recargado en la pared y se recostó en su sillón.
Un leve movimiento lo hizo girar la cabeza hacia el cuadro, ahí estaba otra vez la mujer caminando por un pasillo que el no había pintado, pero estaba de espalda; alegremente ante ese fogonazo de inspiración, empezó a pintar a la mujer de frente, en el reverso del cuadro.
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Parte II
-Pintar cuerpos o expresiones de una cara es lo más difícil que hay, se necesita infinita paciencia, si tu no la tienes, pinta otra cosa.
Le decía su maestro y durante el curso nunca se atrevió a pintar otra cosa que no fueran cestas con frutas o jarrones.
Cuando Juan Carlos empezó a pintar a la mujer en el reverso del cuadro, utilizó un pincel demasiado grueso y lo que debieron ser delicados rasgos se convirtieron en caricaturescos.
La distancia entre los ojos y la nariz y entre esta y la boca estaba muy desproporcionada, la raíz del pelo nacía muy atrás y esto le dio una imagen ridícula y deforme.
Muy desilusionado con la cara de “su mujer”, aplicó encima de ella una capa de pintura color crema y volvió a dibujar.
La segunda versión quedó igual de fea, pero continuó con el cuello; muy largo y grueso. Todo esto le llevó unas 5 horas, así es que cansado, y enfadado con el resultado dejó su cuadro sobre la mesa y se dispuso a dormir.
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Parte III
Cuando terminó de pintar el cuello y empezó a dar forma al tronco, se lamentó de su poca destreza para dibujar, empezó a dar enojado, pinceladas arriba, abajo, sin ton ni son y dió por terminada la pintura.
Cuando terminó de pintar el cuello y empezó a dar forma al tronco, se lamentó de su poca destreza para dibujar, empezó a dar enojado, pinceladas arriba, abajo, sin ton ni son y dió por terminada la pintura.
Muy disgustado por no haber podido pintar en el reverso del cuadro, el cuerpo de la mujer que imaginó en el anverso, tomó una brocha muy gruesa, la empapó de pintura y tapó con ella el dibujo, quedando un gran manchón blanco.
Con mucha parsimonia, lavó la brocha, se secó las manos, tomó el cuadro y con gran ímpetu lo aventó sobre la cama; este dio una pequeña vuelta de campana y cayó al derecho, Juan Carlos caminó unos diez pasos lentamente hacia la cama y observó, se inclinó, tomó el cuadro con mucho cuidado y observó de nuevo.
- Ohhhh, noooooo, mi casa, ¿Qué le pasó al dibujo de mi casa?
- Ohhhh, noooooo, mi casa, ¿Qué le pasó al dibujo de mi casa?
Una gran mancha blanca había tapado toda la fachada, una gran parte del cielo y los arbustos, que tanto trabajo le había costado arreglar.
- Esto no tienen sentido –se dijo, el material es de mala calidad; seguramente puse mucha cantidad de pintura y se trasminó a través del cartón-tela.
Volteó de nuevo el cuadro y ahí estaba “su mujer” tapada con la misma mancha blanca.
Puso cuidadosamente el cuadro sobre el ropero decidido a olvidarlo.
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Parte IV
Muchos meses se quedó el cuadro olvidado arriba del ropero, hasta que Juan se acordó de el.
Lo tomò con cuidado, sacudió la gruesa capa de polvo y... ¡ya no estaba la mancha blanca de pintura!.
Observó detenidamente el cuadro; atribuyo este extraño fenómeno, a la composición química de las pinturas o al material de cartón. Miró de nuevo su cuadro:
Era una bella casita al pie de la montaña, un prado, unas nubes y una puerta enorme, decidió que le faltaba vegetación, combinó algunos colores para formar verde, dio muchos pincelazos, ésta se hizo espesa y oscura; pero le gustò.
Siguió pintando vegetación hasta que casi no se veía la casa; entonces cambió el tamaño de la casa agrandando sus paredes, cambio las dimensiones hasta que sobresalió de la espesa vegetación.El cielo claro y radiante lo cambió por un pardo atardecer, así es que pintò un cielo oscuro lleno de negros nubarrones.
Un día al mirar su cuadro de lejos, vio a través de las paredes un pasillo que no existía y vio otra vez a la mujer que caminaba esta vez, ¡de frente hacia él!.
Inspirado, empezó a pintar a la mujer de espaldas en el reverso del cuadro, pero no utilizò el pincel adecuado y no pudo definir los trazos suaves y le quedó un cráneo informe, que parecía caricatura.
Este proceso le dio mucho coraje.
Pintaba con rabia, con el puño apretado. Las venas de la mano se saltaban y ensanchaban la piel, su nudosa garganta se tensaba, así pintaba y pintaba, Mientras pintaba más moría de rabia y era tanta la rabia que no podía dejar de pintar. El cuadro lo esperaba cada tarde, al llegar del trabajo lo miraba, pensaba: ahorita que descanse iré contigo, pero no descansaba, pintaba y pensaba: necesito terminar este cuadro, pero terminarlo lo asustaba.
Muy desilusionado con “la mujer”, tapó todo con pintura color crema y volvió a dibujar; la segunda versión quedó menos fea, y continuó con el cuello, le quedó muy largo pero siguió con el cuerpo.
Estuvo mucho tiempo viendo su pintura; le desagradaba, le molestaba su incapacidad para plasmar lo que quería, le desilusionaba su poca habilidad.
Un día, muy cansado de combinar colores, tomó una brocha, la empapó de pintura gris, pintó un gran cuadro tapando a la mujer, guardó su estuche de pinturas, guardó el cuadro arriba del ropero, lavó después muy bien la brocha, lavó sus manos, su cara; se secó parsimoniosamente y se fue a dormir.
Fin
Lo tomò con cuidado, sacudió la gruesa capa de polvo y... ¡ya no estaba la mancha blanca de pintura!.
Observó detenidamente el cuadro; atribuyo este extraño fenómeno, a la composición química de las pinturas o al material de cartón. Miró de nuevo su cuadro:
Era una bella casita al pie de la montaña, un prado, unas nubes y una puerta enorme, decidió que le faltaba vegetación, combinó algunos colores para formar verde, dio muchos pincelazos, ésta se hizo espesa y oscura; pero le gustò.
Siguió pintando vegetación hasta que casi no se veía la casa; entonces cambió el tamaño de la casa agrandando sus paredes, cambio las dimensiones hasta que sobresalió de la espesa vegetación.El cielo claro y radiante lo cambió por un pardo atardecer, así es que pintò un cielo oscuro lleno de negros nubarrones.
Un día al mirar su cuadro de lejos, vio a través de las paredes un pasillo que no existía y vio otra vez a la mujer que caminaba esta vez, ¡de frente hacia él!.
Inspirado, empezó a pintar a la mujer de espaldas en el reverso del cuadro, pero no utilizò el pincel adecuado y no pudo definir los trazos suaves y le quedó un cráneo informe, que parecía caricatura.
Este proceso le dio mucho coraje.
Pintaba con rabia, con el puño apretado. Las venas de la mano se saltaban y ensanchaban la piel, su nudosa garganta se tensaba, así pintaba y pintaba, Mientras pintaba más moría de rabia y era tanta la rabia que no podía dejar de pintar. El cuadro lo esperaba cada tarde, al llegar del trabajo lo miraba, pensaba: ahorita que descanse iré contigo, pero no descansaba, pintaba y pensaba: necesito terminar este cuadro, pero terminarlo lo asustaba.
Muy desilusionado con “la mujer”, tapó todo con pintura color crema y volvió a dibujar; la segunda versión quedó menos fea, y continuó con el cuello, le quedó muy largo pero siguió con el cuerpo.
Estuvo mucho tiempo viendo su pintura; le desagradaba, le molestaba su incapacidad para plasmar lo que quería, le desilusionaba su poca habilidad.
Un día, muy cansado de combinar colores, tomó una brocha, la empapó de pintura gris, pintó un gran cuadro tapando a la mujer, guardó su estuche de pinturas, guardó el cuadro arriba del ropero, lavó después muy bien la brocha, lavó sus manos, su cara; se secó parsimoniosamente y se fue a dormir.
Fin
