24.1.26

Los lentes o los dientes?



Cada mañana, cuando lo despedía para ir a la escuela, la mamá de Juan Carlos se retorcía las manos pensando qué hacer para ponerle lentes a su hijo.

Lo veía alejarse con paso torpe, la espalda doblada por el peso de la mochila.


Sus ingresos no alcanzaban para llevarlo con un oculista, mucho menos con un ortodoncista, pues Juan Carlos necesitaba también, con urgencia, frenos.


—Son más importantes los lentes —le decía—, es mejor ver que tener una dentadura bonita.


Pero Juan Carlos no pensaba igual. Para él, eran más importantes sus dientes.

Había sobrevivido a las burlas hasta cuarto año; ahora eran más crueles. La mala visión la podía disimular inventando respuestas, fingiendo que leía, haciendo como que veía, cuando en realidad solo distinguía manchas negras que bailaban en sus libros y cuadernos. Definitivamente, para Juan Carlos eran primero los dientes que los lentes.


Un caluroso día de mayo llegó a la escuela un empleado de la Secretaría de Educación Pública. Hicieron que todos los niños se formaran y les practicaron un examen de la vista.

Juan Carlos se peleó con algunos de la fila para que no se le adelantaran.

Salió feliz de la dirección con una papeleta verde que le daría derecho a recibir sus lentes.


Dos semanas después le entregaron unos lentes horribles, con micas de plástico y una armadura gruesa de carey veteado.

A Juan Carlos le parecieron muy elegantes. Cuando se los puso, su mundo amorfo cambió de color, de forma y de significado. Sus ojos se llenaron de lágrimas; corrió a tomar un libro y se impresionó al ver, por primera vez, la forma tan bonita y clara de las letras, hasta entonces casi desconocidas para él.


A partir de ese momento, Juan Carlos se convirtió en el primero de la clase. Aunque las burlas de sus compañeros por los dientes todavía le dolían mucho, tenía la esperanza de que algún día volverían los de la SEP a formar a los niños que necesitaban frenos.


Esa ilusión duró hasta sexto año.

Un día llegó a la escuela un aviso: había ganado una beca.


Próximo a entrar a la secundaria, le mortificaba llegar a una escuela desconocida, rodeado de alumnos grandulones que vieran sus dientes desparramados, de todos tamaños.


Destinó íntegramente su beca a pagar un tratamiento de ortodoncia.


Cuando recibió su certificado de secundaria, lucía en los dientes unos frenos azules. Su cara morena y bonita tenía una sonrisa permanente, y cuando se quitaba los lentes, sus ojos brillaban con más intensidad.


FIN