Las etapas de mi vida
Parte I
Describirlas no es para escribir mi biografía.
No quiero hacer un libro sobre mi vida; solo quiero recordar cada una.
Yo misma me pregunto: ¿para qué? No lo sé. Quizá cuando termine haya aprendido algo.
Mi niñez fue maravillosa. Solo recuerdo juegos y risas, casi siempre acompañada de mi hermana. También recuerdo un berrinche: estaba acostada en una cama llorando, y mi mamá me decía:
—Si sigues llorando, no te va a traer nada Santa Closs. Así le decíamos…
Eso me frustraba más y más y pataleaba con más ganas. Hoy me da risa. Mi mamá, muy paciente, seguía pedaleando en su máquina de coser.
No recuerdo a mi papá jugar o platicar con nosotras, pero nunca nos llamó la atención. Quizás le dejó toda la responsabilidad a mi mamá.
Éramos muy pobres, pero no recuerdo haber carecido de nada. Teníamos casa, comida, juguetes, amiguitos, carro. No necesité más. En ese tiempo no sabía la diferencia entre tener y no tener; creo que lo de las clases sociales lo entendí hasta la adolescencia.
Cuando visitaba las casas de mis compañeras de escuela o de mis vecinos, nunca pensé por qué ellos tenían esto y nosotros no. Era muy inocente.
¡Cómo me divertí! Jugué a las comiditas haciendo calditos con hojitas de árbol en latas vacías de verduras; después hacíamos sopita de verdad en unas hornillitas de lodo
que mi mamá nos hizo al fondo del patio. Jugué a la pelota, a las escondidas, a la bebeleche, al bote robado.
Tuve un triciclo rojo y después una bicicleta despintada, de segunda mano, que no era infantil, pero yo me las ingeniaba para subirme.
También jugué a las Barbies con mis amiguitas. Jugábamos en la banqueta cada una con su muñeca, sus vestiditos y sus mueblecitos. Yo no tenía Barbie, pero tenía una pluma con cabecita de Barbie. Era rubia, me encantaba!
Estuve en una Estudiantina, que era subsidiada por el gobierno Municipal, desde los 7 a los 12 años, donde aprendí a tocar mandolina.
Tocábamos en eventos infantiles y eventos del gobierno.
También fui al catecismo e hice mi primera comunión con un vestido lindo que mi mamá cosió.
Tuve patos, gallinas, conejos, perros y gatos. Conocí el mar, el sol me quemó y las olas me arrastraron. Era tan feliz.
Mi mamá hacía pan y ponte duros para vender. Yo llevaba el pan en una charola con las vecinas y me sentía muy orgullosa cuando me decían “que rico pan”.
No recuerdo nada que me haya hecho sufrir en esa etapa. Solo tengo un recuerdo: una vez acompañé a mi papá a vender naranjas en su batanga. Iba llena hasta arriba. Lo recuerdo salir del abarrotes, cabizbajo.
Yo estaba parada afuera del carro, con un vestidito de florecitas lilas —o así me lo imagino ahora—.
Subimos sin decir nada.
Era obvio que no habían querido comprarle naranjas.
No entendía todo, pero me dolió. No lloré.
Esa escena no se olvida porque quizá ahí nació mi sensibilidad.
La que hoy escribe. La que observa. La que entiende sin palabras.
Esa etapa de mi vida la recuerdo con frecuencia. No sé por qué. Dicen que la primera infancia marca nuestra vida de adultos. Tendré que averiguar qué marcas me dejó… o aceptar que algunas solo se sienten, pero no se entienden.

