28.1.26

Las etapas de mi vida


Parte I


Describirlas no es para escribir mi biografía.

No quiero hacer un libro sobre mi vida; solo quiero recordar cada una.

Yo misma me pregunto: ¿para qué? No lo sé. Quizá cuando termine haya aprendido algo. 




Mi niñez fue maravillosa. Solo recuerdo juegos y risas, casi siempre acompañada de mi hermana. También recuerdo un berrinche: estaba acostada en una cama llorando, y mi mamá me decía:


—Si sigues llorando, no te va a traer nada  Santa Closs.  Así le decíamos…


Eso me frustraba más y más y pataleaba con más ganas. Hoy me da risa. Mi mamá, muy paciente, seguía pedaleando en su máquina de coser.



No recuerdo a mi papá jugar o platicar con nosotras, pero nunca nos llamó la atención. Quizás le dejó toda la responsabilidad a mi mamá.


Éramos muy pobres, pero no recuerdo haber carecido de nada. Teníamos casa, comida, juguetes, amiguitos, carro. No necesité más. En ese tiempo no sabía la diferencia entre tener y no tener; creo que lo de las clases sociales lo entendí hasta la adolescencia.


Cuando visitaba las casas de mis compañeras de escuela o de mis vecinos, nunca pensé por qué ellos tenían esto y nosotros no. Era muy inocente.


¡Cómo me divertí! Jugué a las comiditas haciendo calditos con hojitas de árbol en latas vacías de verduras; después hacíamos sopita de verdad en unas hornillitas de lodo 

que mi mamá nos hizo al fondo del patio. Jugué a la pelota, a las escondidas, a la bebeleche, al bote robado.


Tuve un triciclo rojo y después una bicicleta despintada, de segunda mano, que no era infantil, pero yo me las ingeniaba para subirme.


También jugué a las Barbies con mis amiguitas. Jugábamos en la banqueta cada una con su muñeca, sus vestiditos y sus mueblecitos. Yo no tenía Barbie, pero tenía una pluma con cabecita de Barbie. Era rubia, me encantaba!


Estuve en una Estudiantina, que era subsidiada por el gobierno Municipal, desde los  7 a los 12 años, donde aprendí a tocar mandolina.

 Tocábamos en eventos infantiles y eventos del gobierno.


También fui al catecismo e hice mi primera comunión con un vestido lindo que mi mamá cosió.


Tuve patos,  gallinas, conejos, perros y gatos. Conocí el mar, el sol me quemó y las olas me arrastraron. Era tan feliz.


Mi mamá hacía pan y ponte duros para vender. Yo llevaba el pan en una charola con las vecinas y me sentía muy orgullosa cuando me decían “que rico pan”.


No recuerdo nada que me haya hecho sufrir en esa etapa. Solo tengo un recuerdo: una vez acompañé a mi papá a vender naranjas en su batanga. Iba llena hasta arriba. Lo recuerdo salir del abarrotes, cabizbajo.


Yo estaba parada afuera del carro, con un vestidito de florecitas lilas —o así me lo imagino ahora—.


Subimos sin decir nada.

Era obvio que no habían querido comprarle naranjas.


No entendía todo, pero me dolió. No lloré.


Esa  escena no se olvida porque quizá ahí nació mi sensibilidad.

La que hoy escribe. La que observa. La que entiende sin palabras.


Esa etapa de mi vida la recuerdo con frecuencia. No sé por qué. Dicen que la primera infancia marca nuestra vida de adultos. Tendré que averiguar qué marcas me dejó o aceptar que algunas solo se sienten, pero no se entienden


25.1.26

          La mujer de su cuadro

Parte I

Pintaba con rabia, con el puño apretado. Las venas de la mano se saltaban y ensanchaban la piel, su nudosa garganta se tensaba, así pintaba y pintaba,
 Mientras pintaba más moría de rabia y era tanta la rabia que no podía dejar de pintar.

El cuadro lo esperaba cada tarde, al llegar del trabajo lo miraba, pensaba: ahorita que descanse iré contigo, pero no descansaba, pintaba y pensaba: “necesito terminar este cuadro”, pero terminarlo lo asustaba.


Juan Carlos era un pintor aficionado, sin técnica, sin habilidades manuales, torpe. Había estudiado un cursillo sin otro motivo que pasar el largo verano ocupado en algo, lo único sobresaliente de su estancia en el curso era su maletín lleno de pinturas y del que se aprovechaban sus compañeros.


Había empezado dibujado una casita al pie de una montaña, le había agregado un prado, unas nubes y una puerta enorme.
A punto de terminarlo y dar el ultimo pincelazo con su firma, decidió que le faltaba vegetación 

 Empezó con algo muy colorido, pero pronto ésta se hizo espesa, deforme y oscura; le gusto el resultado.

 Siguió pintando vegetación hasta que casi no se veía la casa; entonces cambió el tamaño de la casa, agrandando sus paredes, cambio las dimensiones hasta que sobresalió de la espesa vegetación.

Luego no le gustó el cielo claro y radiante y se dijo que era mejor un pardo atardecer, así que pinto uno con nubarrones obscuros.

Cuando miraba su cuadro, la casa empezó a llamarle la atención; sus paredes “las veía” a trasluz. Se imaginó una mujer caminando descalza por un pasillo, pero esta visión fugaz de su imaginación la desecho de inmediato. 

Siguió dando color a las paredes.

Un día muy cansado de tanto color ocre y verde, puso el cuadro de frente, en el piso recargado en la pared y se recostó en su sillón.

Un leve movimiento lo hizo girar la cabeza hacia el cuadro, ahí estaba otra vez la mujer caminando por un pasillo que el no había pintado, pero estaba de espalda; alegremente ante ese fogonazo de inspiración, empezó a pintar a la mujer de frente, en el reverso del cuadro.

_____

Parte II


-Pintar cuerpos o expresiones de una cara es lo más difícil que hay, se necesita infinita paciencia, si tu no la tienes, pinta otra cosa.

Le decía su maestro y durante el curso nunca se atrevió a pintar otra cosa que no fueran cestas con frutas o jarrones.

Cuando Juan Carlos empezó a pintar a la mujer en el reverso del cuadro, utilizó un pincel demasiado grueso y lo que debieron ser delicados rasgos se convirtieron en caricaturescos. 
La distancia entre los ojos y la nariz y entre esta y la boca estaba muy desproporcionada, la raíz del pelo nacía muy atrás y esto le dio una imagen ridícula y deforme. 
Muy desilusionado con la cara de “su mujer”, aplicó encima de ella una capa de pintura color crema y volvió a dibujar.
La segunda versión quedó igual de fea, pero continuó con el cuello; muy largo y grueso. Todo esto le llevó unas 5 horas, así es que cansado, y enfadado con el resultado dejó su cuadro sobre la mesa y se dispuso a dormir.


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Parte III

Cuando terminó de pintar el cuello y empezó a dar forma al tronco, se lamentó de su poca destreza para dibujar, empezó a dar enojado, pinceladas arriba, abajo, sin ton ni son y dió por terminada la pintura.

Muy disgustado por no haber podido pintar en el reverso del cuadro, el cuerpo de la mujer que imaginó en el anverso, tomó una brocha muy gruesa, la empapó de pintura y tapó con ella el dibujo, quedando un gran manchón blanco.

Con  mucha parsimonia, lavó la brocha, se secó las manos, tomó el cuadro y con gran ímpetu lo aventó sobre la cama; este dio una pequeña vuelta de campana y cayó al derecho, Juan Carlos caminó unos diez pasos lentamente hacia la cama y observó, se inclinó, tomó el cuadro con mucho cuidado y observó de nuevo.
- Ohhhh, noooooo, mi casa, ¿Qué le pasó al dibujo de mi casa?

Una gran mancha blanca había tapado toda la fachada, una gran parte del cielo y los arbustos, que tanto trabajo le había costado arreglar.

- Esto no tienen sentido –se dijo, el material es de mala calidad; seguramente puse mucha cantidad de pintura y se trasminó a través del cartón-tela.

Volteó de nuevo el cuadro y ahí estaba “su mujer” tapada con la misma mancha blanca.
Puso cuidadosamente el cuadro sobre el ropero decidido a olvidarlo.

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Parte IV


Muchos meses se quedó el cuadro olvidado arriba del ropero, hasta que Juan se acordó de el.
Lo tomò con cuidado, sacudió la gruesa capa de polvo y... ¡ya no estaba la mancha blanca de pintura!.
Observó detenidamente el cuadro; atribuyo este extraño fenómeno, a la composición química de las pinturas o al material de cartón. Miró de nuevo su cuadro:
Era una bella casita al pie de la montaña, un prado, unas nubes y una puerta enorme, decidió que le faltaba vegetación, combinó algunos colores para formar verde, dio muchos pincelazos, ésta se hizo espesa y oscura; pero le gustò.
Siguió pintando vegetación hasta que casi no se veía la casa; entonces cambió el tamaño de la casa agrandando sus paredes, cambio las dimensiones hasta que sobresalió de la espesa vegetación.El cielo claro y radiante lo cambió por un pardo atardecer, así es que pintò un cielo oscuro lleno de negros nubarrones.
Un día al mirar su cuadro de lejos, vio a través de las paredes un pasillo que no existía y vio otra vez a la mujer que caminaba esta vez, ¡de frente hacia él!.
Inspirado, empezó a pintar a la mujer de espaldas en el reverso del cuadro, pero no utilizò el pincel adecuado y no pudo definir los trazos suaves y le quedó un cráneo informe, que parecía caricatura.
Este proceso le dio mucho coraje.
Pintaba con rabia, con el puño apretado. Las venas de la mano se saltaban y ensanchaban la piel, su nudosa garganta se tensaba, así pintaba y pintaba, Mientras pintaba más moría de rabia y era tanta la rabia que no podía dejar de pintar. El cuadro lo esperaba cada tarde, al llegar del trabajo lo miraba, pensaba: ahorita que descanse iré contigo, pero no descansaba, pintaba y pensaba: necesito terminar este cuadro, pero terminarlo lo asustaba.
Muy desilusionado con “la mujer”, tapó todo con pintura color crema y volvió a dibujar; la segunda versión quedó menos fea, y continuó con el cuello, le quedó muy largo pero siguió con el cuerpo.
Estuvo mucho tiempo viendo su pintura; le desagradaba, le molestaba su incapacidad para plasmar lo que quería, le desilusionaba su poca habilidad.
Un día, muy cansado de combinar colores, tomó una brocha, la empapó de pintura gris, pintó un gran cuadro tapando a la mujer, guardó su estuche de pinturas, guardó el cuadro arriba del ropero, lavó después muy bien la brocha, lavó sus manos, su cara; se secó parsimoniosamente y se fue a dormir.


Fin



24.1.26

Los lentes o los dientes?



Cada mañana, cuando lo despedía para ir a la escuela, la mamá de Juan Carlos se retorcía las manos pensando qué hacer para ponerle lentes a su hijo.

Lo veía alejarse con paso torpe, la espalda doblada por el peso de la mochila.


Sus ingresos no alcanzaban para llevarlo con un oculista, mucho menos con un ortodoncista, pues Juan Carlos necesitaba también, con urgencia, frenos.


—Son más importantes los lentes —le decía—, es mejor ver que tener una dentadura bonita.


Pero Juan Carlos no pensaba igual. Para él, eran más importantes sus dientes.

Había sobrevivido a las burlas hasta cuarto año; ahora eran más crueles. La mala visión la podía disimular inventando respuestas, fingiendo que leía, haciendo como que veía, cuando en realidad solo distinguía manchas negras que bailaban en sus libros y cuadernos. Definitivamente, para Juan Carlos eran primero los dientes que los lentes.


Un caluroso día de mayo llegó a la escuela un empleado de la Secretaría de Educación Pública. Hicieron que todos los niños se formaran y les practicaron un examen de la vista.

Juan Carlos se peleó con algunos de la fila para que no se le adelantaran.

Salió feliz de la dirección con una papeleta verde que le daría derecho a recibir sus lentes.


Dos semanas después le entregaron unos lentes horribles, con micas de plástico y una armadura gruesa de carey veteado.

A Juan Carlos le parecieron muy elegantes. Cuando se los puso, su mundo amorfo cambió de color, de forma y de significado. Sus ojos se llenaron de lágrimas; corrió a tomar un libro y se impresionó al ver, por primera vez, la forma tan bonita y clara de las letras, hasta entonces casi desconocidas para él.


A partir de ese momento, Juan Carlos se convirtió en el primero de la clase. Aunque las burlas de sus compañeros por los dientes todavía le dolían mucho, tenía la esperanza de que algún día volverían los de la SEP a formar a los niños que necesitaban frenos.


Esa ilusión duró hasta sexto año.

Un día llegó a la escuela un aviso: había ganado una beca.


Próximo a entrar a la secundaria, le mortificaba llegar a una escuela desconocida, rodeado de alumnos grandulones que vieran sus dientes desparramados, de todos tamaños.


Destinó íntegramente su beca a pagar un tratamiento de ortodoncia.


Cuando recibió su certificado de secundaria, lucía en los dientes unos frenos azules. Su cara morena y bonita tenía una sonrisa permanente, y cuando se quitaba los lentes, sus ojos brillaban con más intensidad.


FIN


18.1.26

 





Meloncito de otoño


Nació solo en el jardín,

sin aviso,

cuando el otoño ya enfriaba la tierra.


No sabía su nombre,

solo que era bonito.

Una promesa verde creciendo en silencio.


Una amiga linda, MIA,

dijo: quizá melón, quizá sandía,

y con sus palabras abrió mi asombro

Ante tal expectativa


Lo cuidé.

Le tomé fotos.

Lo miré crecer despacio

como se mira algo frágil


Hoy tomé la última imagen.

El tallo ya no tenía hojas.

Mi meloncito bebé

Asi no puede sobrevivir


Vivió breve, 

pero intensamente,

Vivió brevemente, junto a los grillos, 

Hormigas y los ruidos de mi jardín.
 

13.1.26





Una mano cálida


Camino por un largo pasillo con alfombra roja. Hay bancas a cada lado.

Es una iglesia. No sé por qué estoy aquí; no me gustan las iglesias ni nada que tenga que ver con religiones, fanatismos o entregas a Dios. Dios no existe, pienso. Dios somos nosotros mismos: nosotros decidimos portarnos bien o mal.


Sigo caminando. Al final del pasillo está el altar, donde rezan sus tonterías. Entonces lo veo: un gran espejo, enorme, del tamaño de la pared frontal. Es muy bonito y me llama la atención.


A un lado hay un sacerdote vestido de manera extraña. Lleva una larga túnica roja y un sombrero como el que usan las brujas, hundido hasta cubrirle los ojos; solo le veo la boca.


Me acerco al espejo y estiro el brazo para tocarlo.

Mi mano atraviesa la superficie y algo me jala hacia adentro. Paso a través del espejo como si fuera gelatina, aunque casi no percibo la consistencia.


Del otro lado todo cambia.


Ahora es de noche. Estoy en una escuela, en el patio, debajo de las canastas de básquetbol. Todo es negro. El cielo está claro, con muchas nubes, y hace viento. Hay un silencio extraño. Mucha gente circula por el lugar.


Todos van vestidos de negro. No les veo el rostro. Pasan lejos de mí. No hablan entre ellos, no tienen prisa. Solo se desplazan.

La escena no me da miedo; solo me provoca curiosidad.


Subo las escaleras de uno de los edificios, me acerco a la baranda y miro hacia abajo. La gente sigue caminando en todas direcciones. Bajo de nuevo y me quedo observando.


Detrás de mí está el sacerdote.


Escucho su voz, fuerte, clara:


—Esas personas de negro son penitentes. Son malos, están llenos de maldad. Están esperando a los recién llegados para mandarlos al infierno. Vienen por ti.


Pienso: no me quiero ir con ellos.

Él parece leer mi pensamiento y vuelve a hablar:


—Todavía puedes salvarte. Pídele a Jesús que te ayude.


Este tipo está loco, pienso. ¿Cómo va a salvarme alguien que no existe?


Entonces volteo y veo a los penitentes. Ahora están juntos, en masa, con los brazos extendidos, avanzando hacia mí.

Eso sí me asusta!


Camino rápido para alejarme. La voz vuelve a gritar:


—¡Pídele! ¡Pídele que te salve!


La multitud está muy cerca, a unos cuantos metros. Corro, pero ellos avanzan más rápido. Son cientos. Sus manos casi rozan mi ropa. Siento pánico.


Entonces grito, con todas mis fuerzas:


—¡Jesús, ayúdame! ¡Ayúdame, por favor!


Lloro. Las lágrimas saladas corren por mi cara. Imploro desde el fondo del corazón. Elevo mi súplica al cielo, desesperado.


Y entonces lo veo.


Un gran resplandor dorado.

Jesús extiende su mano derecha hacia mí.


Su piel es muy blanca, su cabello dorado y rizado —no como lo pintan en los cuadros—. Tiene barba y bigote muy ralos. Sus ojos son color miel. Su mirada es profundamente triste.


Escucho su voz por todas partes, como si saliera de cientos de bocinas al mismo tiempo:


—Perdóname. Perdóname por no llegar a tiempo. Perdóname por hacerte pasar por este sufrimiento. No puedo estar en todos lados. Todos me llaman al mismo tiempo y no puedo complacerlos… pero aquí estoy.


Tomo su mano con desesperación.

Es una mano adorable. Es cálida.


Su calidez me envuelve por completo. Me siento infinitamente bien a su lado. Siento un amor profundo hacia él. Me eleva, me arrastra consigo, muy por encima de los penitentes.


Una fuerte sacudida me despierta.


Me levanto de inmediato, me persigno, pido perdón a Dios… o a Jesús, no sé a quién. No sé mucho de esas cosas. Les pido perdón por haber renegado, por las injurias que dije.


Recuerdo que mis padres se molestaban por mi actitud rebelde. Tenía veinte años; quizá pensaban que era cosa de la edad. Yo no escuchaba sermones.


Camino al espejo del baño. Me miro a los ojos.


—¿Qué pasa? ¿Qué significa esto? ¿Lo soñé?


No lo sé. Necesito tiempo. Estoy confundido. Inseguro.

Mis creencias ahora son frágiles.


Pero de algo estoy seguro:

nunca olvidaré la calidez de sus manos,

la bondad de su rostro,

y sobre todo sus ojos color miel, llenos de tristeza.


Fin