Una mano cálida
Camino por un largo pasillo con alfombra roja. Hay bancas a cada lado.
Es una iglesia. No sé por qué estoy aquí; no me gustan las iglesias ni nada que tenga que ver con religiones, fanatismos o entregas a Dios. Dios no existe, pienso. Dios somos nosotros mismos: nosotros decidimos portarnos bien o mal.
Sigo caminando. Al final del pasillo está el altar, donde rezan sus tonterías. Entonces lo veo: un gran espejo, enorme, del tamaño de la pared frontal. Es muy bonito y me llama la atención.
A un lado hay un sacerdote vestido de manera extraña. Lleva una larga túnica roja y un sombrero como el que usan las brujas, hundido hasta cubrirle los ojos; solo le veo la boca.
Me acerco al espejo y estiro el brazo para tocarlo.
Mi mano atraviesa la superficie y algo me jala hacia adentro. Paso a través del espejo como si fuera gelatina, aunque casi no percibo la consistencia.
Del otro lado todo cambia.
Ahora es de noche. Estoy en una escuela, en el patio, debajo de las canastas de básquetbol. Todo es negro. El cielo está claro, con muchas nubes, y hace viento. Hay un silencio extraño. Mucha gente circula por el lugar.
Todos van vestidos de negro. No les veo el rostro. Pasan lejos de mí. No hablan entre ellos, no tienen prisa. Solo se desplazan.
La escena no me da miedo; solo me provoca curiosidad.
Subo las escaleras de uno de los edificios, me acerco a la baranda y miro hacia abajo. La gente sigue caminando en todas direcciones. Bajo de nuevo y me quedo observando.
Detrás de mí está el sacerdote.
Escucho su voz, fuerte, clara:
—Esas personas de negro son penitentes. Son malos, están llenos de maldad. Están esperando a los recién llegados para mandarlos al infierno. Vienen por ti.
Pienso: no me quiero ir con ellos.
Él parece leer mi pensamiento y vuelve a hablar:
—Todavía puedes salvarte. Pídele a Jesús que te ayude.
Este tipo está loco, pienso. ¿Cómo va a salvarme alguien que no existe?
Entonces volteo y veo a los penitentes. Ahora están juntos, en masa, con los brazos extendidos, avanzando hacia mí.
Eso sí me asusta!
Camino rápido para alejarme. La voz vuelve a gritar:
—¡Pídele! ¡Pídele que te salve!
La multitud está muy cerca, a unos cuantos metros. Corro, pero ellos avanzan más rápido. Son cientos. Sus manos casi rozan mi ropa. Siento pánico.
Entonces grito, con todas mis fuerzas:
—¡Jesús, ayúdame! ¡Ayúdame, por favor!
Lloro. Las lágrimas saladas corren por mi cara. Imploro desde el fondo del corazón. Elevo mi súplica al cielo, desesperado.
Y entonces lo veo.
Un gran resplandor dorado.
Jesús extiende su mano derecha hacia mí.
Su piel es muy blanca, su cabello dorado y rizado —no como lo pintan en los cuadros—. Tiene barba y bigote muy ralos. Sus ojos son color miel. Su mirada es profundamente triste.
Escucho su voz por todas partes, como si saliera de cientos de bocinas al mismo tiempo:
—Perdóname. Perdóname por no llegar a tiempo. Perdóname por hacerte pasar por este sufrimiento. No puedo estar en todos lados. Todos me llaman al mismo tiempo y no puedo complacerlos… pero aquí estoy.
Tomo su mano con desesperación.
Es una mano adorable. Es cálida.
Su calidez me envuelve por completo. Me siento infinitamente bien a su lado. Siento un amor profundo hacia él. Me eleva, me arrastra consigo, muy por encima de los penitentes.
Una fuerte sacudida me despierta.
Me levanto de inmediato, me persigno, pido perdón a Dios… o a Jesús, no sé a quién. No sé mucho de esas cosas. Les pido perdón por haber renegado, por las injurias que dije.
Recuerdo que mis padres se molestaban por mi actitud rebelde. Tenía veinte años; quizá pensaban que era cosa de la edad. Yo no escuchaba sermones.
Camino al espejo del baño. Me miro a los ojos.
—¿Qué pasa? ¿Qué significa esto? ¿Lo soñé?
No lo sé. Necesito tiempo. Estoy confundido. Inseguro.
Mis creencias ahora son frágiles.
Pero de algo estoy seguro:
nunca olvidaré la calidez de sus manos,
la bondad de su rostro,
y sobre todo sus ojos color miel, llenos de tristeza.
Fin
