Parte I
Esmeralda era el nombre artístico de la bella trapecista del Circo Olimpia; su nombre de pila era Manuela.
Tabuti era el nombre artístico de un poderoso elefante asiático.
Ambos formaban parte del elenco que, noche a noche, se presentaba en la raída carpa del circo. Poca gente, poca paga, mucho esfuerzo.
Crecieron juntos.
Cuando empezaron a trabajar en pareja, la docilidad de Tabuti se convirtió en admiración absoluta hacia Esmeralda. Todos se asombraban del encanto que desplegaba el elefante en sus números: lo hacía con tanta gracia y destreza que comenzaron a aumentar el grado de dificultad.
Esmeralda admiraba a Tabuti; quería a ese mastodonte como se quiere a una mascota.
Tabuti quería a Esmeralda como quiere un hombre a una mujer.
Pronto corrió la voz de que en el circo se presentaba un número temerario.
La carpa empezó a llenarse todos los días, en la función de seis a diez.
Incluyeron en escena a José, el domador, pero Tabuti, de una trompada, lo dejó fuera. Con un odio feroz arremetió contra él cuando se acercó a Esmeralda para tomarla de la cintura y darle una vuelta de campana. José sufrió fracturas en piernas y cuello
.
—Algo enfadó a Tabuti —dijeron los dueños del circo—. Quizás el olor a fiera… quizá sus ropas brillantes y chillonas.
Cambiaron a José por Eleazar. El segundo trapecista era afeminado y su acto no gustó a nadie.
Eleazar fue sustituido por Jacinto, cuyo nombre artístico era Rudolph: un hombre fuerte y poderoso que lanzaba cuchillos y espadas y encantaba serpientes.
En cuanto Tabuti hizo contacto visual con Rudolph, todos se asustaron. La mirada llena de odio del elefante erizó la piel de quienes estaban cerca. Temieron que lo atacara como a José.
Esmeralda se acercó a Tabuti, acarició sus orejas, su trompa, y le habló al oído:
—¿Estás enojado, campeón? A ver… ¿qué le pasa a mi chiquillo?
Fueron suficientes esas palabras para calmarlo.
Tres noches presentaron juntos su acto temerario.
Durante la tercera función, Rudolph abrazó cariñosamente a Esmeralda y le dijo al oído:
—Si seguimos así, pediremos aumento de sueldo. Ya verás: seremos famosos y nos largaremos de este cuchitril. Nos iremos al famoso circo ruso.
Intempestivamente, todo se volvió caótico. Tabuti se soltó de la cuerda que intentaba amarrarlo, corrió furioso hacia Esmeralda, la empujó suavemente con la trompa hacia un lado y luego se volvió rabioso contra el encantador de serpientes, que no atinaba a comprender nada. Estupefacto, vio cómo una oleada de cientos de kilos lo arrastraba, zarandeaba y golpeaba con tal furia que solo atinó a encomendarse a Dios por última vez.
Era el primer sepelio de alguien del circo. Aquella gran familia, entristecida, vistió de luto durante una semana y las funciones se suspendieron.
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Parte II
Los administradores del circo hicieron arreglos para una función especial sin Tabuti.
El mastodonte era peligroso; definitivamente no podían exponer a la gente.
Lo dejaron en el área de patios, donde pastaban los grandes animales a la vista del público. Tabuti se balanceaba de una pata a otra, abanicando sus orejas y pastando tranquilamente.
La vida del circo continuó.
Un día decidieron que ya era hora de incluir de nuevo a Tabuti en una función, sin Esmeralda.
Había engordado por la falta de movilidad; lo entrenaron duro, lo hicieron correr dos veces al día. Uno de los payasos se prestó para el número. La función terminó sin contratiempos.
Esmeralda lo veía cuando lo bañaban al final de cada función y siempre se acercaba a hacerle cariños. Tabuti resoplaba, levantaba su larga trompa y la abrazaba; se mecía de un lado a otro y la miraba con sus ojos grises llenos de amor.
—Ojos llenos de amor… —pensaba Esmeralda—. Esto es una locura. Tabuti es un animal. Me estoy figurando cosas.
El tiempo pasó y Esmeralda volvió a salir a la función de seis a diez con Tabuti y Juan, el payaso. Hacían un número muy bonito: con un vals de fondo, daban giros en la pista y luego subían al elefante, simulando un bello romance.
Tabuti los observaba girar. Esmeralda veía sus ojos cargados de despecho. Él la miraba y luego miraba a Juan.
El público aplaudía. La función mejoraba día a día.
Esmeralda se convenció de que todo eran figuraciones suyas, aunque no se lo contó a nadie. No le habrían creído.
Los administradores del circo también estaban tranquilos, aunque tomaban precauciones. Los días se sumaron uno a uno y llegó el invierno; para Esmeralda, todo el día era primavera: estaba enamorada.
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Parte III
Gabriel era un demonio con cara de ángel; no tenía oficio ni beneficio.
Esmeralda solo vio su cara de ángel y se enamoró.
Él la esperaba fuera de su carromato al término de cada función. Paseaban, charlaban…
Durante las visitas de Gabriel, Esmeralda se sentía observada en los patios del circo. Algo parecido al miedo le encogía el cuerpo. Al principio lo atribuyó a la emoción del enamoramiento, pero más tarde comprendió que había algo más: un presentimiento que no la dejaba disfrutar. Ese algo era Tabuti.
Para convencerse de que sus pensamientos eran infundados, fue a ver al elefante. Él la saludó igual que siempre, efusivo y cariñoso.
Aun así, Esmeralda no estaba tranquila. Se atrevió a llevar a Gabriel a conocer a su amigo. Tabuti no mostró agresividad; mantuvo la cabeza agachada y ni siquiera la miró.
Había comprendido que, si se mostraba agresivo, perdería a Esmeralda. Así que permaneció quieto… muy quieto.
La trapecista vio una lágrima en sus ojos y comprendió lo que sentía su amigo. Se angustió al pensar en lo que vendría después.
Cuando se alejaron, ella volteó. Tabuti, altivo, sostuvo su mirada húmeda.
Esmeralda y Gabriel se juraron amor eterno y decidieron irse lejos del circo. Ella llevó su ropa, sus ahorros y todo su amor. Él llevó solo amor.
Tabuti quedó solo.
Desde entonces, el elefante se negó a trabajar, a recibir órdenes, y se volvió huraño y melancólico. Un día también se negó a comer.
Mientras tanto, Esmeralda descubrió que Gabriel no era el hombre que había elegido. Vagaba, exigía, molestaba. Sus ahorros se consumieron y el embarazo llegó como una carga para él.
Tabuti yacía de lado. El veterinario no encontró enfermedad alguna. Alguien sugirió buscar a Esmeralda: quizá estaba enfermo de tristeza.
Cuando ella regresó, seis meses después, quedó consternada. El cuerpo de Tabuti estaba consumido; su trompa, antes poderosa, colgaba flácida.
Esmeralda lloró desconsolada, se arrojó a su lado y le habló al oído:
—Tabuti, soy yo. Aquí estoy. No me iré más… por favor, no me dejes.
Tabuti abrió lentamente los ojos. Hizo un último esfuerzo por acercar su trompa a ella. Todos lloraban.
Esmeralda recordó su infancia, su amigo fiel, su eterno enamorado.
Tabuti cerró los ojos muy lentamente… y para siempre.
FIN

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